Geopolítica del agua, una mirada sobre el orden internacional

Muchos eventos de política exterior aparentemente desconectados, hoy se articulan en torno a una feroz competencia por la apropiación de recursos naturales escasos.
Los historiadores del futuro probablemente describan nuestro presente como un momento de transición entre el antiguo orden internacional unipolar surgido del colapso de la Unión Soviética y un nuevo escenario global, posiblemente tripolar, en el que los EE.UU. se verán obligado a ceder parte de su hegemonía en favor de los intereses estratégicos de China y Rusia.
Vivimos tiempos de inestabilidad e incertidumbre en los que, como advertía Keynes, generalmente sucede lo inesperado antes que lo inevitable. Muchos eventos de política exterior aparentemente desconectados, hoy se articulan en torno a una feroz competencia por la apropiación de recursos naturales escasos.
Si buscáramos un hilo conductor entre las declaraciones de Donald Trump sobre la soberanía de Groenlandia, la intervención militar estadounidense en Venezuela -con más olor a petróleo que a "democracia"- y la propuesta de Milei para modificar la ley de glaciares, ese denominador común sería el agua.
Habitualmente, los análisis económicos oficiales cuantifican el comercio exterior en términos monetarios, sin considerar los tipos o los volúmenes de bienes intercambiados. Sin embargo, existen estudios que convierten esas transacciones en cantidades de bienes físicos comparables, como el volumen de agua dulce necesario para producir distintas mercancías.
En 1993, el geógrafo John Anthony Allan creó el concepto de agua virtual para medir y comparar cuánta agua dulce está incorporada en la elaboración de un producto. Esta cantidad es "virtual" porque no se ve en la forma exterior de la mercancía terminada pero sí se ha utilizado en sus distintas etapas de producción.
A menudo, la producción y el consumo de una mercancía ocurren en territorios distintos. Cuando el agua utilizada es del propio país, se denomina autóctona; si el agua se encuentra incorporada a productos extranjeros, es exógena. Esta importante distinción permite analizar cuánta agua ahorra un país al importar productos y cuánta agua exporta junto con sus mercancías.
Comercio medido en agua
Según algunas estimaciones, producir una tonelada de soja requiere unos 2.500 m³ de agua; una de trigo, más de 1.400 m³; y una de carne vacuna, hasta 17.000 m³. Nuestro país es un exportador neto de agua virtual: sus ventas al exterior contienen más de 55.000 millones de m³ anuales de agua dulce, una cifra cercana a la de Australia aunque muy lejos de la de Estados Unidos. Entre los principales importadores netos de agua virtual figuran Japón, Indonesia y China.
Sudamérica, que representa solo el 6% de la población mundial, posee la mayor disponibilidad per cápita de agua dulce. Brasil lidera el ranking con un promedio de 33.000 m³ por habitante y Argentina ocupa el sexto lugar, con 20.500 m³. No obstante, en los últimos treinta años, nuestro país perdió cerca de 5.500 m³ por persona, lo que explica en buena parte la aridez y semiaridez del 80% del territorio, una situación que pone en riesgo las reservas hídricas futuras.
Las investigaciones sobre el agua impulsaron nuevas ramas de análisis económico y político, como la hidropolítica y la geopolítica del agua, que buscan gestionar este recurso de manera eficiente para asegurar su acceso universal y evitar conflictos armados por su carencia. Entre 2020 y 2025, el Pacific Institute documentó 1.428 conflictos ligados al agua en el mundo, de los cuales 105 evolucionaron en enfrentamientos armados, como los casos recientes ocurridos en Gaza y Donetsk.
El capitalismo global opera bajo tres lógicas: privatizar bienes colectivos, defender el mercado como el único mecanismo eficiente para asignarlos y convertir cualquier activo tangible en un instrumento financiero. El agua dulce también ha sido alcanzada por este proceso.
Desde diciembre de 2020 cotiza en Nasdaq -el segundo mercado de valores más importante de los EEUU, luego de Wall Street- un índice bursátil (el NQH20) que fue creado con el objeto aparente de que los agricultores californianos tuvieran una mayor previsibilidad sobre los precios futuros del agua pero que, en la práctica, actúa como un instrumento que facilita la especulación financiera.
Plata dulce
Por ejemplo, la cotización de 1.000 m³ de agua cotiza hoy a USD 221, tras haber alcanzado un máximo de USD 1.040 en 2022. En el último año, cayó USD 127 a partir de que Trump iniciara sus embestidas por la posesión de Groenlandia. ¿Variaron, acaso, los stocks de agua dulce en California? No, lo que variaron fueron las expectativas del mercado respecto de quién controlará su posesión y su abastecimiento global en los próximos años.
Groenlandia alberga en sus hielos alrededor del 20% del agua dulce mundial, además de importantes reservas energéticas y minerales. El deshielo ártico la convierte, además, en un punto clave para la navegación comercial, permitiendo rutas más cortas entre Asia y Occidente. Así, la geopolítica del agua involucra, también, decisiones logísticas de vital importancia para el comercio mundial.
La reciente intervención militar en Venezuela ha tenido como principal objetivo la toma del control, por parte de los EE.UU., de la producción y del comercio petrolero de ese país. Detrás de esta maniobra de alto contenido estratégico, se pierde de vista el enorme ahorro hídrico que le deparará a la economía estadounidense: la extracción de cada millón de barriles de petróleo venezolano consumirá no menos de 7.000 millones de m³ de agua virtual que beneficiarán indirectamente a los productores de EE.UU., mientras que los costos hidrográficos y ambientales recaerán en su totalidad sobre Venezuela.
En Argentina
En Argentina, los sectores incorporados al régimen de incentivos a las grandes inversiones (RIGI) —como la minería y los hidrocarburos— son usuarios intensivos de agua dulce. El proyecto del gobierno para reformar la Ley de Glaciares busca habilitar la explotación de estas enormes masas de hielo ricos en agua dulce, hasta ahora protegidos.
De aprobarse estas modificaciones, cualquier glaciar y su zona aledaña podrían quedar fuera de resguardo estatal si la autoridad de aplicación dejara de considerarlos como reservas estratégicas, como fuente de recarga de las cuencas hidrográficas o que su destino no fuera necesario para el consumo humano o la actividad agrícola.
La desprotección de los glaciares tiene como contracara la explotación económica privada. Una vez más se intenta imponer la lógica capitalista de subordinar los recursos naturales -que, en origen, son colectivos- a las decisiones de un grupo reducido de corporaciones económicas privadas.
La geopolítica del agua ocupa hoy un lugar central en la discusión del nuevo orden mundial. Detrás del discurso de la eficiencia económica, la captación de inversiones, el desarrollo y el estímulo a la iniciativa privada se esconde, una vez más, la depredación de los recursos naturales, cuyos beneficios se exportan a los centros globales del poder político y económico mientras que los enormes costos ambientales que este despojo genera, terminan hipotecando la vida cotidiana de nuestras comunidades locales, cada día más empobrecidas.
